El aumento de multas ARCA reabre un debate sobre el cumplimiento y el margen de error. Una analogía con el récord sin tarjetas de Gary Lineker para pensar qué ocurre cuando el sistema exige perfección.

Hay una historia que debería recordarse cada vez que alguien habla de “cumplir las reglas”. Es la historia de Gary Lineker, delantero inglés, goleador del Mundial 1986, autor del único gol de Inglaterra en aquel mítico partido frente a Argentina (el de la Mano de Dios y el Barrilete Cósmico) y dueño de un récord difícil de imaginar hoy, en dieciséis años de carrera profesional, jamás recibió una tarjeta amarilla ni una roja.
Cero. Ni una.
Y no era un jugador que se escondiera, era un centrodelantero, el que vive entre defensores ásperos, codazos y agarrones. Pero, además de ser un caballero del fútbol, en su época, el arbitraje tenía margen para interpretar existía el sentido común.
Ahora la pregunta incómoda: ¿podría existir un Lineker hoy? Probablemente no.
La era de la tolerancia cero
El fútbol moderno convive con VAR, cámaras en alta definición y reglamentos aplicados con literalidad estricta. Un gesto, una protesta mínima, una celebración exagerada pueden terminar en amarilla. No porque los jugadores sean peores, sino porque el sistema de control es más exhaustivo y menos flexible.
Cuando la regla se aplica sin margen de interpretación, la perfección deja de ser una virtud y se convierte en una exigencia permanente. Y cuando el estándar es la perfección absoluta, el error humano encuentra cada vez menos espacio.
De la cancha a la calle
Pero esa lógica no se limita al deporte, en la vida cotidiana, los sistemas de control también se han sofisticado. Cámaras que leen patentes, fotomultas automáticas, sistemas digitales que detectan inconsistencias en tiempo real. Muchas de esas infracciones existen en la norma desde hace años. Lo que cambió es la capacidad de detectarlas. Hoy es imposible irse de vacaciones y no volver con una multa.
Antes había margen, advertencias, contexto. Hoy el sistema registra, procesa y sanciona con rapidez. Y lo peor de todo, sin criterio.
No se trata necesariamente de mayor severidad normativa, sino de mayor capacidad de fiscalización. Y eso modifica por completo la experiencia de “cumplir”.
El caso de ARCA y la actualización de multas
La reciente actualización de multas de Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) vuelve a poner el tema sobre la mesa. Pasar de montos simbólicos a sanciones que pueden alcanzar los 440.000 pesos no es, en sí mismo, el problema. Era evidente que valores de 200 pesos habían perdido sentido, pero el punto es otro.
En paralelo al aumento de sanciones, también creció la complejidad del sistema. Más obligaciones, más regímenes informativos, más controles cruzados, más sujetos alcanzados.
El contribuyente actual —incluso el pequeño comerciante o el profesional independiente— convive con:
- declaraciones semanales
- declaraciones quincenales
- declaraciones mensuales
- declaraciones trimestrales
- declaraciones anuales
- regímenes informativos
- domicilio fiscal electrónico
- controles sistémicos automatizados
Cumplir ya no es solo “pagar impuestos”, es entregar tu tiempo, tu atención y tu sueño en un acto de devoción que nunca termina, porque cuando creés que está todo en orden, ya cambiaron las reglas.
Y en ese contexto, el margen para el error se achica, un vencimiento mal agendado, un formulario cargado con un dato incorrecto, una inconsistencia menor. El sistema no distingue fácilmente entre la evasión deliberada y el error administrativo.
El problema no es la multa
Pero volvamos a Lineker…
Su récord no era solo mérito individual, también, era producto de un sistema que permitía interpretar. Hoy, con controles milimétricos, y reglas muchas veces absurdas o fuera de contexto, ese récord sería casi imposible.
Del mismo modo, cuando el cumplimiento tributario se mide bajo un estándar de perfección absoluta y con fiscalización permanente, la probabilidad de infracción aumenta, incluso sin intención de incumplir.
La pregunta entonces no es si debe haber multas. Debe haberlas. La pregunta es si el sistema deja espacio razonable para el error humano o si convierte cualquier desajuste en una sanción significativa.
Porque cuando todos, tarde o temprano, cometen alguna infracción menor, el debate ya no es moral. Es estructural.
¿Es posible un año sin errores?
Así como probablemente no veamos otro Lineker sin tarjetas en el fútbol actual, también cabe preguntarse si es realista esperar que un contribuyente o un contador promedio atraviese un año completo sin cometer ninguna falta formal en un sistema cada vez más complejo.
No se trata de justificar incumplimientos, se trata de preguntarse si el estándar exigido es razonable.
Cumplir debería ser una meta alcanzable, Si se convierte en una misión casi imposible, el sistema pierde legitimidad pedagógica y se vuelve puramente punitivo.
Y ahí la discusión ya no es quién incumple, sino qué tipo de sistema estamos construyendo.
Gary Lineker seá recordado como un caballero del fútbol porque, en un mundo de roces y provocaciones, ganó, perdió, pero nunca se manchó. Fue su temple, sí, pero también fue el sistema, las penas tenían lógica, el árbitro interpretaba, y el récord era posible para quien eligiera mantenerlo.
No es el único jugador correcto que haya existido, pero es uno de los pocos casos documentados y verificables de una carrera completa sin tarjetas.



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